Prensa Única RD
Por: Homero Luis Lajara Solá
Los cambios militares que suelen producirse en el mes de febrero no son, como algunos creen, movimientos administrativos ni juegos de sillas entre uniformados. Son momentos de inflexión institucional. Se trata de instantes donde se revela si las Fuerzas Armadas son un instrumento de defensa del Estado o una extensión coyuntural de intereses no ligados a la función militar.
La historia muestra que las instituciones armadas se debilitan por la escasez de recursos y por la confusión de su propósito. Cuando el mérito deja de ser brújula y la doctrina es sustituida por un provecho ajeno a la institución, el deterioro se produce de forma imperceptible, pero constante. Ningún cuerpo castrense ni policial colapsa de improviso; primero se pierde el respeto interno, luego la disciplina y, finalmente, la autoridad frente a la sociedad que juraron proteger y servir.
Febrero de 2026 se perfila como una fecha en la que no basta con mirar hojas de servicio ni antigüedades en el escalafón. Se impone una reflexión profunda: ¿quiénes están preparados para navegar en aguas turbulentas y no sólo en mares en calma? El mando verdadero no se mide por la voz fuerte ni por la presencia mediática, sino por la capacidad de tomar decisiones difíciles con corrección y sin dejar de asumir la responsabilidad requerida.
En tiempos de mutación regional, amenazas híbridas y presiones internas crecientes, las Fuerzas Armadas requieren líderes con visión de Estado y no meros administradores de coyuntura. Centuriones que comprenden que la lealtad no es obediencia ciega, sino fidelidad a la Constitución, a la ley y al interés superior de la nación, conscientes de que los cuerpos militares no son un fin en sí mismos, sino dominicanos uniformados al servicio de la sociedad y del Estado.
Hay momentos históricos en los que enfrentar una amenaza exige decisiones incómodas, o incluso impopulares. Los estrategas lo han sabido siempre: entre lo malo y lo menos malo, la sabiduría consiste en elegir aquello que preserve el futuro, sin esperar el aplauso inmediato.
También existen situaciones que deben frenarse de raíz sin estridencias ni gestos teatrales, y con la responsabilidad y el sentido de compromiso que debe distinguir a las instituciones de defensa.
El cambio militar, cuando es bien concebido, no humilla ni borra trayectorias. Ordena, corrige y orienta. Reconoce el pasado sin quedar atrapado en él. Por eso, la clave no está en cuántos salen o cuántos entran, sino en el mensaje silencioso que se transmite a la oficialidad joven: qué se premia, qué se tolera y qué ya no tiene cabida.
Una fuerza militar que aspira a perdurar debe enviar señales claras. No se asciende por cercanía, ni se lidera por complacencia. El mando no es un derecho adquirido, es una responsabilidad desafiante cada día. Y quien no esté dispuesto a sostenerla con carácter, preparación y sentido ético, por más méritos acumulados que crea tener, debe distinguir el momento de hacerse a un lado.
La historia es implacable con las instituciones que se engañan a sí mismas. También es generosa con aquellas que saben corregir el rumbo a tiempo. Febrero de 2026 podrá ser recordado como el hito de un trámite más o como el punto en que se reafirmó una visión profesional, digna y moderna del estamento militar.
En toda navegación seria no importa quién esté más cerca del timón, sino quién entienda mejor la carta náutica, respete las reglas del mar y sepa que el honor es una presea que se gana con valentía y esfuerzo. Esa es la verdadera prueba del mando. Y ese, quizás, sea el desafío más exigente que se avecina.

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