Prensa Única RD
Por: Valerio García Reyes.
El caso de Haití y su impacto sobre la República Dominicana no puede analizarse únicamente desde la economía o la migración. Exige una lectura más profunda, de carácter espiritual y geopolítico, que permita comprender dinámicas invisibles pero determinantes en el orden social y moral de las naciones.
El quiebre fundacional haitiano suele vincularse a la ceremonia de Bois Caïman (1791), interpretada por muchos como un “pacto con el diablo”. Más allá de la literalidad religiosa, aquel ritual simbolizó una ruptura espiritual violenta. La independencia haitiana culminó en la matanza y expulsión de blancos y en una constitución (1805) que prohibió su acceso a la propiedad y al poder. Haití nació libre, pero también nació desde la negación radical del otro, sin un proceso de sanación moral ni reconciliación interior.
Cuando una sociedad rompe con un orden moral trascendente, la libertad se vuelve frágil y errática. En Haití, la espiritualidad dominante —el vudú— reconoce a un ser supremo denominado Bondye, pero desplaza la vida moral hacia la mediación de espíritus, considerados malignos desde la cosmovisión cristiana. Esta estructura espiritual no ordena la conciencia ni fomenta la responsabilidad ética; la instrumentaliza. Desde la matriz judeocristiana, se percibe como una espiritualidad sin una luz moral clara, donde el fatalismo, la violencia y el desorden terminan encontrando justificación cultural.
La República Dominicana siguió un camino distinto. Su identidad nacional, con todas sus imperfecciones históricas, se construyó sobre una matriz cristiana que funcionó como límite moral, contención social y aspiración de orden. Incluso en contextos de pobreza, la fe cristiana sostuvo nociones básicas de respeto a la vida, autoridad y comunidad. No se trata de santidad colectiva, sino de una conciencia compartida fundada en la tríada Dios, Patria y Libertad.
Las crisis espirituales no se quedan confinadas dentro de las fronteras. Haití exporta hoy, además de pobreza material, patrones psicosociales: ruptura de normas, violencia como lenguaje y relativización del bien común. La migración masiva, cuando ocurre sin procesos claros de integración moral y cultural, termina presionando profundamente a las sociedades receptoras.
Aquí emerge un riesgo silencioso para la República Dominicana. La hospitalidad, la amabilidad y la solidaridad —rasgos históricos del dominicano— han comenzado a erosionarse por la convivencia prolongada con dinámicas formadas en contextos de colapso social y espiritual, especialmente en sectores productivos clave. No se trata de un rechazo al haitiano como persona, sino de reconocer que la convivencia sin valores compartidos transforma, inevitablemente, al que acoge.
La hospitalidad cristiana no es ingenio. Acoger sin ordenar, integrar sin exigir y tolerar sin conciencia termina desfigurando la identidad espiritual de una nación. La Escritura advierte que “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, potestades y gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Efesios 6:12), recordándonos que muchos conflictos sociales tienen raíces más profundas que las visibles.
El verdadero desafío dominicano no es cerrar el corazón, sino custodio de su orden moral y espiritual. Porque cuando la conciencia se debilita, la pobreza —material, cultural y humana— termina ocupando su lugar. La Biblia lo expresa con crudeza y claridad: “Donde no hay visión, el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18).
“La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. Esta verdad espiritual tiene una traducción sociológica ineludible: las naciones se ordenan o se desordenan según la luz moral que estructura su conciencia colectiva.
El autor es Mayor General (R) ERD, presidente de la Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional de la República Dominicana y presidente de la Alianza Mundial de Veteranos.

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